PARTE 2: Por unos segundos no pude moverme.
El humo me picaba en los ojos, pero no era por eso que sentía ganas de llorar. Era por la crueldad. Por ver a mis propios padres mirando las llamas como si acabaran de hacer justicia, como si quemar mi futuro fuera una lección de amor familiar.
Mi mamá levantó la barbilla.
“Para que aprendas, Mariana. El dinero no vale más que tu sangre.”
Mi papá empujó con las pinzas el pedazo de papel que quedaba entero. Se alcanzaba a ver mi nombre en letras grandes: Mariana López.
“Lo sacamos del buzón”, dijo con orgullo. “Todavía llega correo tuyo aquí. Pensaste que podías esconderlo, pero Dios todo lo acomoda.”
Sentí náusea.
“¿Abrieron mi correspondencia?”
Mi mamá soltó una risa seca.
“No vengas con tecnicismos. Somos tus padres.”
Fernanda salió al patio con el celular en la mano. Ya no fingía tristeza. Sus ojos brillaban con una mezcla de triunfo y nervios.
“Ahora vas a tener que pedir un reemplazo, ¿no?”, dijo. “Y cuando lo hagas, podemos hablar bien. Sin berrinches.”
Ahí entendí.
No lo quemaron solo para destruirme.
Lo quemaron porque creían que, al pedir otro cheque, podrían obligarme a negociar. Pensaron que me iban a asustar tanto que yo regresaría de rodillas, rogando su perdón, aceptando darles la mitad para “reparar” el daño.
Y entonces pasó algo que ni yo esperaba.
Me reí.
Primero fue un sonido raro, atorado en la garganta. Luego una carcajada. Después otra. Me reí tan fuerte que mi mamá dejó de sonreír. Mi papá bajó las pinzas. Fernanda dejó de grabar.
“¿Qué te pasa?”, gritó mi mamá. “¡Deberías estar llorando!”
Me limpié las lágrimas, pero eran de risa. De rabia. De alivio. De ver, por fin, lo profundamente absurdos que eran.