Daniela miró el reloj.
3:34.
Tenía menos de media hora.
Su primer impulso fue sacar la pulsera del bolso y esconderla.
No lo hizo.
Si desaparecía, Leticia y Óscar sabrían que alguien había descubierto el plan.
En cambio, Daniela guardó copias del video y de las fotografías, se las envió a sí misma y contactó a las autoridades para explicar lo que había presenciado.
Después llamó a su madre.
—Mamá, escúchame sin hacer preguntas. No subas al departamento con papá.
—Daniela, ¿qué ocurre?
—Quédate en un lugar público. Y no le digas que te llamé.
Mariana percibió algo en su voz.
—¿Estás en peligro?
—No. Pero necesito que confíes en mí.
Hubo unos segundos de silencio.
—De acuerdo.
A las 3:52, Daniela escuchó una llave.
La puerta se abrió.
Óscar entró solo.
—¿Daniela?
Ella permaneció escondida en su habitación, grabando.
Óscar caminó directamente hasta el bolso de Mariana.
Lo abrió.
Buscó la bolsa blanca.
Y entonces hizo algo que Daniela no esperaba.
Sacó el teléfono y tomó una fotografía de la pulsera dentro del bolso.
Después llamó a alguien.
—Está perfecto —dijo—. Cuando llegue la policía, tendrán la joya y además la denuncia sobre sus accesos al centro comercial.
La voz de Leticia respondió desde el altavoz:
—¿Y nosotros?
Óscar soltó una pequeña risa.
—Con Mariana fuera del camino, todo será más fácil.
Daniela sintió náuseas.
Aquello ya no parecía únicamente un intento de incriminar a su madre.
Había algo más.