PARTE 2: El general Raúl Medina no miró a Camila. Tampoco miró a Doña Graciela.
Me miró a mí.
—Capitana Reyes, los archivos recuperados del operativo final de Santiago Villaseñor confirman algo que la Secretaría no podía revelar hasta este momento.
El viento levantó algunas flores blancas que habían colocado junto al ataúd. Nadie se movió.
—Santiago no murió como héroe —dijo el general—. No murió salvando a sus compañeros. Murió dentro de una casa de seguridad usada por un grupo criminal internacional, durante una negociación ilegal que salió mal.
Camila soltó un sonido ahogado.
Don Ernesto dio un paso atrás.
Yo sentí que el aire me faltaba.
—¿Negociación? —pregunté, aunque mi voz apenas salió.
El general apretó la mandíbula.
—Venta de información militar clasificada. Coordenadas, rutas de traslado, nombres de agentes, claves de acceso.
Una reportera se cubrió la boca. Los soldados que estaban cerca se tensaron.
Entonces el general dijo la frase que partió mi vida en dos:
—Entre la información que intentó vender estaban las coordenadas en tiempo real de su unidad, capitana. Su unidad de inteligencia. Donde usted trabajaba esa misma semana.
Por un instante no escuché la lluvia.
No escuché a mis hijos.
No escuché los murmullos.
Santiago no solo nos abandonó. No solo dejó a sus hijos sin padre. Había intentado vender la ubicación de mi equipo. De mis compañeros. De mí.
Había intentado dejar huérfanos a Diego, Sofía y Mateo.