—¡Mentira! —gritó—. ¡Mi hijo era un patriota! ¡Usted no puede decir eso frente a la prensa!
El general giró apenas la cabeza.
—Señora Villaseñor, tengo autorización federal para decir mucho más.
Entonces sacó un folder gris sellado con cinta roja.
—Los primeros depósitos por esta traición fueron enviados a cuentas nacionales. Cuentas vinculadas a empresas fantasma administradas por familiares directos de Santiago.
Don Ernesto se llevó una mano al pecho.
Doña Graciela dejó de gritar.
Camila comenzó a retroceder lentamente.
Y ahí entendí algo peor.
Ellos ya sabían.
Tal vez no todo. Tal vez no cada detalle. Pero sabían que el dinero no venía de negocios limpios. Sabían que Santiago no era el héroe que estaban vendiendo a los medios.
El general señaló hacia la entrada del panteón.
Dos camionetas sin logotipos avanzaron sobre el camino mojado. Bajaron agentes federales y policía militar.
La ceremonia se convirtió en caos.
—¡Esto es un abuso! —gritó Don Ernesto.
Un agente le pidió que pusiera las manos al frente. Él intentó empujarlo y terminó de rodillas sobre el lodo, con las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas.
Doña Graciela chillaba mi nombre.
—¡Tú hiciste esto, Valeria! ¡Siempre quisiste destruirnos!
Yo abracé a Sofía contra mi pierna para que no viera cómo se llevaban a su abuela.
Camila estaba inmóvil. Ya no parecía una viuda elegante. Parecía una niña atrapada en una mentira demasiado grande. Una agente se acercó a ella y le habló en voz baja. Camila miró su vientre, luego miró el ataúd, y empezó a llorar de verdad.
No por Santiago.
Por ella.
Por lo que acababa de perder.
Pero cuando creí que el golpe más fuerte ya había pasado, el general se acercó más a mí y bajó la voz.
—Capitana, hay algo que todavía no hemos dicho públicamente.
Me entregó un sobre negro.
—Santiago grabó instrucciones para un contacto externo. En ese audio menciona su nombre. Y también menciona a sus hijos.
Sentí que mis dedos se congelaban alrededor del sobre.
—¿Mis hijos?
El general no respondió de inmediato.
Solo miró a Diego, Sofía y Mateo con una tristeza que ningún militar puede fingir.
—Debe escuchar esto en una terminal segura. Hoy mismo.
Detrás de nosotros, los soldados retiraban la bandera del ataúd de Santiago. Sin ceremonia. Sin honor. Sin himno.
El ataúd quedó desnudo.
Y yo entendí que la verdad apenas estaba empezando a salir.
Lo peor no era que Santiago hubiera sido un traidor.
Lo peor era que su última orden llevaba mi nombre… y el de mis hijos.