PARTE 2
Esa noche no me fui del hospital. Me quedé sentada en una silla de plástico, con la ropa todavía húmeda y los pies llenos de lodo seco. Cada vez que una enfermera salía por la puerta de terapia intensiva, yo me levantaba esperando noticias del bebé.
—Sigue grave, pero está luchando —me dijo una doctora al amanecer.
Luchando.
Esa palabra me rompió y me sostuvo al mismo tiempo.
Yo no sabía quién era ese niño, pero desde el momento en que lo saqué del agua sentí que algo me unía a él. Tal vez porque Daniel, mi único hijo, ya no estaba. Tal vez porque el dolor busca cualquier vida a la cual aferrarse para no hundirse.
Al día siguiente llegó una trabajadora social. Se llamaba Patricia y traía una carpeta bajo el brazo.
—Cuando el bebé salga del hospital, pasará a custodia del Estado —me explicó—. Usted no tiene parentesco legal con él.
—Yo le salvé la vida —respondí.
—Lo sabemos, señora. Pero salvarlo no la convierte en su familia.
Esa frase me dolió más de lo que esperaba.
Mientras tanto, la policía seguía buscando a Marisol. Su casa estaba vacía. Su celular apagado. Sus cuentas bancarias sin movimiento. Era como si se la hubiera tragado la tierra.
Tres días después, la detective Laura me llamó a una sala privada del hospital. Allí estaban ella, Patricia y un hombre con bata blanca. Sentí que algo terrible venía.
—Señora Elena —dijo la detective—, hicimos una prueba de ADN al bebé.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
El hombre de bata habló con calma:
—Porque había datos médicos y tiempos que nos parecieron importantes. El bebé nació hace pocos días, pero el análisis confirma algo contundente.
Laura respiró hondo.
—Ese bebé es su nieto.
No entendí.
—No… eso no puede ser. Daniel murió hace ocho meses.
—Precisamente —dijo el doctor—. El bebé es hijo biológico de Daniel. Marisol estaba embarazada cuando él murió.
Sentí que el aire me abandonó.
Mi Daniel había dejado un hijo. Un hijo que yo no sabía que existía. Un hijo que Marisol había escondido durante meses. Un hijo al que alguien intentó matar metido en una maleta.
Me llevé las manos a la boca y lloré como no había llorado ni en el funeral.
—¿Por qué lo ocultó? —pregunté—. ¿Por qué haría algo así?
Laura puso unos papeles sobre la mesa.
—También reabrimos el caso del accidente de Daniel.
El “accidente”. Así le llamaron todos. Una carretera mojada, un coche que perdió el control, un árbol. Marisol salió con rasguños. Daniel murió al instante.
—Encontramos indicios de manipulación en los frenos —dijo Laura.
La sala empezó a girar.
—No fue accidente…
—No —respondió ella—. Creemos que fue asesinato.
Sentí un frío horrible en la espalda.
Entonces Laura me mostró mensajes recuperados del celular de Daniel. En ellos, mi hijo le decía a Marisol que había encontrado una prueba de embarazo. Él estaba feliz. Ella no. Ella decía que no quería arruinar su vida con un bebé. Daniel le escribió que si ella no quería criarlo, él pediría la custodia.
El último mensaje era de Marisol:
“Te vas a arrepentir de meterte conmigo.”
Al día siguiente, Daniel murió.
Laura continuó:
—Daniel cambió su testamento dos semanas antes de morir. Dejó casi todo a sus futuros hijos. Si Marisol quería el dinero, el bebé era un obstáculo.
No pude hablar.
Todo encajaba con una crueldad insoportable. Marisol no solo había acabado con mi hijo. También había esperado a que naciera su propio bebé para deshacerse de él.
Me dejaron verlo esa tarde. Me pusieron una bata, me hicieron lavarme las manos y me llevaron hasta una incubadora. Allí estaba: pequeñito, conectado a cables, pero vivo.
Tenía la misma nariz de Daniel. Los mismos dedos largos. El mismo hoyuelo en la barbilla.
Metí la mano por la abertura de la incubadora y toqué su manita. Sus dedos se cerraron alrededor del mío.
—Hola, mi niño —susurré—. Soy tu abuela.
La enfermera me preguntó si quería ponerle un nombre provisional.
Daniel, cuando era joven, siempre decía que si tenía un hijo lo llamaría Santiago, como mi padre.
—Santiago —dije sin pensarlo—. Se llama Santiago.
A partir de ese día empecé a pelear por su custodia. Me pidieron estudios psicológicos, revisión de mi casa, cartas de recomendación, cursos para cuidar recién nacidos. Me trataron como si yo fuera una desconocida peligrosa, no la mujer que lo sacó del agua.
Pero acepté todo. Tragué humillaciones, llené formularios, vendí algunas joyas para comprar cuna, pañales, cámaras de seguridad.
Y justo cuando el juez estaba por decidir si Santiago podía irse conmigo, recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté.
Durante unos segundos solo escuché respiración.
Luego, una voz fría dijo:
—Elena… quiero a mi hijo de vuelta.
Era Marisol.
Y lo que pidió a cambio me dejó temblando hasta los huesos.