PARTE 2
Don Manuel cerró la puerta del cuarto frío y yo abrí los ojos de golpe.
—Tenemos que movernos ya —dije.
Me temblaban las piernas, pero el miedo me mantenía despierta. Don Manuel me consiguió ropa vieja de una empleada de limpieza: jeans, sudadera gris, tenis gastados y una chamarra negra. En el baño del SEMEFO me corté el cabello con tijeras quirúrgicas hasta los hombros. Me puse lentes oscuros y una gorra.
En el espejo ya no estaba Mariana Salcedo, la esposa del empresario. Estaba Laura Méndez, una mujer cualquiera con un boleto a Guatemala y una mochila llena de documentos.
—¿Por qué Guatemala? —preguntó Don Manuel mientras salíamos por la puerta de servicio.
—Porque Arturo cree que mi hermana vive en Monterrey. Necesito que mire hacia el norte mientras yo corro hacia el sur.
El plan era simple: llegar a la Central del Sur, recoger una mochila guardada en paquetería y tomar un autobús hacia Tapachula. Desde ahí cruzaría la frontera con papeles nuevos. Don Manuel solo tenía que dejarme cerca y regresar al SEMEFO para entregar una urna con cenizas de un cuerpo no reclamado.
Pero los planes simples se rompen con facilidad.
En la central, mientras esperaba en la fila de paquetería, vi a Elías Navarro junto a los torniquetes. No estaba solo. Dos hombres más revisaban rostros, maletas, andenes. No caminaban como viajeros. Caminaban como cazadores.
—Manuel —susurré—, nos encontraron.
Él se puso blanco.
—¿Cómo?
Yo lo entendí demasiado tarde. Arturo nunca había creído del todo en mi muerte. O quizá Elías, que siempre había sido más desconfiado que su jefe, vio algo raro en mi cuerpo, en la prisa por cremarme, en el nerviosismo de Manuel.
Tomé la mochila y jalé a Don Manuel hacia los baños. Salimos por una puerta lateral hacia la zona de taxis, pero Elías ya nos había visto.
—¡Mariana! —gritó.
Toda la gente volteó.
En lugar de correr, hice lo único que podía salvarnos: corrí hacia una patrulla estacionada frente a la terminal.
—¡Ayúdenme! —grité llorando—. Esos hombres quieren secuestrarme. Mi esposo me amenazó de muerte.
Dos policías bajaron de inmediato. Elías frenó en seco. En un lugar lleno de cámaras y testigos, no podía tocarme.
Nos llevaron al Ministerio Público. Ahí conté parte de la verdad: que Arturo Salcedo me golpeaba, que tenía negocios criminales, que había mandado seguirme. No hablé de mi falsa muerte. Si decía eso, yo también terminaría detenida o encerrada como loca.
Pero Arturo llegó antes de que pudiera respirar.
Entró al despacho con cara de esposo preocupado, llevando un folder bajo el brazo.
—Mi mujer necesita ayuda médica —dijo con una tristeza perfectamente ensayada—. Desde hace meses cree que todos la persiguen.
Sobre la mesa puso certificados psiquiátricos con mi nombre, diagnósticos falsos y firmas de doctores comprados. Decían que yo sufría delirios de persecución.
—Eso es mentira —dije.
Arturo me miró con ternura venenosa.
—Mariana, amor, otra vez estás confundida.
El comandante a cargo dudó. Yo vi esa duda y sentí que me hundía. Entonces saqué mi última carta.
—Tengo pruebas. Grabaciones, estados de cuenta, fotos. Todo está en una caja de seguridad.
Fuimos al banco escoltados por policías. Arturo aceptó acompañarnos con una tranquilidad que me heló la sangre.
Cuando abrí la caja, entregué el folder que había preparado durante años. El comandante revisó documentos, USB, fotografías. Por un momento, su rostro cambió. Por un momento creí que había ganado.
Pero Arturo tomó una hoja y sonrió.
—Comandante, revise las fechas. Ese día yo estaba en Mérida, en un evento público. Hay fotos. Y esta grabación está editada. Escuche los cortes.
Me faltó el aire.
Algunos documentos eran falsos. No los había puesto yo. Arturo los había sembrado meses antes, dejándome creer que eran pruebas reales. Había preparado mi caída incluso antes de que yo escapara.
—Mi esposa hizo todo esto para extorsionarme en el divorcio —dijo él—. Necesita tratamiento, no cárcel.
El comandante cerró el folder. Ya no me miraba como víctima. Me miraba como problema.
De regreso al Ministerio Público, Arturo se acercó a mi oído y murmuró:
—También encontré las pruebas verdaderas, Mariana. Esta noche van a desaparecer.
En ese instante supe que solo quedaba una persona capaz de ayudarme: Don Manuel.
Aproveché una confusión en la entrada, empujé la puerta lateral y corrí hacia la calle con el corazón reventándome en el pecho.
Pero al doblar la esquina vi la camioneta negra de Elías cerrándome el paso.
Y detrás de mí, Arturo salió sonriendo, como si ya hubiera ganado.