“No, no soy ese tipo de hombre. Lo siento.”
Y se fue. Su rechazo hirió profundamente a Raquel. Siempre la habían cortejado por su dinero, nunca por quién era. Divorciada cuatro veces, humillada, traicionada y robada, su último exmarido le había robado todas sus posesiones en su noche de bodas. Y ahora, un joven desconocido, pobre y desesperado, la rechazaba. Esa misma noche, lo llamó.
«Buenas noches, Raúl. Soy Raquel».
«Buenas noches, señora».
«Me gustaría invitarla a almorzar». «Lo siento, no estoy disponible. Puedo pagarle. Solo dígame cuánto quiere. No se trata de dinero.»
«Gracias, señora.»
Y colgó. Su amigo Esteban lo oyó y se puso furioso.
«¿Estás loco? Tu madre está en el hospital. Estás rechazando la ayuda de una mujer rica. Quizás Dios te esté enviando una bendición.»
Raúl estaba consumido por la duda. ¿Y si Esteban tenía razón? ¿Y si era una prueba, una señal del destino? Finalmente, llamó a Raquel y quedó en verse con ella en un restaurante elegante.
Al llegar, se encontró a solas con ella. Había reservado todo el lugar y lo recibió con cariño. Raúl ni siquiera se atrevió a mirarla a los ojos.
«¿Cuántos años tienes, Raúl?»
«25, señora.»
«¿Y usted?»
«Sesenta años, pero eso ya lo sé. He investigado sobre usted.»