Y una única administradora registrada.
Naomi hizo una pausa.
—La novia de Spencer.
Abigail recordó inmediatamente la voz femenina que había escuchado en el hospital.
—¿La mujer con la que hablaba hoy?
—Sí.
Se llama Vanessa Brooks.
Y lleva casi tres años administrando el dinero que Spencer consigue de usted.
Abigail se quedó inmóvil.
Tres años.
Mientras ella trabajaba horas extras limpiando oficinas…
Mientras vendía las joyas heredadas de su madre…
Mientras dejaba de comprar sus propios medicamentos para pagar los de Spencer…
Ellos habían estado construyendo una empresa fantasma.
El teléfono vibró otra vez.
Era un mensaje del hospital.
“Su hijo pregunta constantemente por usted.”
No respondió.
Naomi volvió a hablar.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Nunca confié en los informes médicos.
Abigail sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque las facturas cambiaban constantemente.
El diagnóstico también.
Cada mes aparecía un tratamiento nuevo.
Cada mes un médico distinto.
Pero siempre había algo igual.
—¿Qué cosa?
—Las facturas nunca se pagaban directamente al hospital.
Siempre iban primero a Spencer.
Abigail recordó todas las veces que su hijo le había dicho:
“Mamá, deposítamelo a mí. Así consigo descuento.”
Jamás lo había cuestionado.
Porque era su hijo.
Naomi continuó.
—Por eso contraté a un investigador privado.
—¿Y qué descubrió?
La joven tardó unos segundos en responder.
Cuando finalmente habló, su voz sonó mucho más baja.
—Descubrí que alguien dentro del hospital estaba colaborando con él.
Abigail sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
—¿Está diciendo que…
—Sí.
Creo que durante años falsificaron parte de la documentación médica para justificar nuevos pagos.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces sonó el timbre de la casa.
Abigail dio un pequeño salto.
Miró por la ventana.
Había un hombre de traje gris sosteniendo un maletín.
No lo conocía.
Volvió a sonar el teléfono.
Era Naomi.
—No abra la puerta.
—¿Por qué?
—Porque ese hombre no viene a vender nada.

Abigail dejó de respirar.
—¿Quién es?
Naomi respondió con una frase que convirtió la sospecha en verdadero miedo.
—Es el mismo abogado que preparó los contratos con los que Spencer logró quedarse con el dinero de otras tres personas mayores.
Y usted iba a ser la cuarta.