La cerradura ya no respondía a su código.
Golpeó con fuerza.
—¡Ava! ¡Abre inmediatamente!
Abrí la puerta solo lo suficiente para hablar desde el interior.
Dos agentes permanecían detrás de mí.
Ryan se quedó inmóvil.
Su mirada pasó de los uniformes a mi rostro.
Después vio el vendaje que cubría mi labio.
Uno de los policías habló con calma.
—Señor, necesitamos informarle de que existe una investigación en curso. También se le ha notificado una orden que le impide ingresar a esta propiedad mientras se resuelven las medidas correspondientes.
Victoria dio un paso al frente.
—¡Esta casa es de mi hijo!
Mi abogada apareció entonces por el pasillo.
Llevaba una carpeta azul.
La abrió delante de todos.
—Según el registro de la propiedad, la vivienda pertenece exclusivamente a la señora Ava. No existe ninguna transferencia de titularidad a favor del señor Ryan.
Ryan quedó completamente pálido.
—Eso… eso no puede ser.

Mi abogada levantó otro documento.
—Y el fideicomiso familiar mantiene exactamente la misma condición. Usted nunca fue beneficiario.
El silencio cayó sobre el jardín.
Ryan me miró como si acabara de conocerme.
Comprendió demasiado tarde que nunca había perdido la casa.
Lo único que había perdido era la ilusión de que podía tratarla como si fuera suya.
Y esa ilusión acababa de terminar frente a testigos, documentos y la ley.\