Parte 2/3

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Parte 3

Un año había pasado, y la silueta de Benedita ya formaba parte del paisaje de Santo António. Ya no era la atracción de feria a la que todos temían, sino una fuerza tranquila, respetada por todos. Sin embargo, la paz es una mercancía frágil en el valle de Paraíba.

Una mañana, tres jinetes cruzaron las puertas de la plantación. A la cabeza estaba el barón de Nova Friburgo, uno de los propietarios más ricos de la región, el mismo hombre que había vendido a Benedita por siete céntimos. No había olvidado la afrenta de aquella venta, ni los rumores sobre la nueva prosperidad de Joaquim.

El barón detuvo su caballo frente a Joaquim, que estaba reparando un arado.

—Joaquim —dijo el barón con voz fuerte, para que los trabajadores oyeran—. Hubo un error el año pasado. Esa mujer todavía me pertenece. Los siete céntimos fueron solo una tasa de exposición, el contrato oficial nunca se firmó. Vengo a recuperarla. O si no, me pagas su valor real: tres contos de réis.

Tres contos de réis. Una suma astronómica. Joaquim no los tenía. Si pagaba, la finca iba a la quiebra. Si se negaba, el barón usaría su influencia y a la policía local para destruirlo todo.

A lo lejos, cerca del almacén, Benedita se quedó inmóvil. Vio los caballos, los rifles en los cinturones de los guardias. Sus viejos demonios despertaron; apretó los puños hasta que se le blanquearon los nudillos.

Joaquim se levantó lentamente, se limpió las manos en su delantal de cuero y se enfrentó al barón. No temblaba.

—La venta fue legal, señor barón. Todo el pueblo la vio. —El pueblo no dirá nada en mi contra —replicó el barón con una sonrisa cruel—. Así que, ¿el dinero o la negra?

El silencio volvió a caer sobre Santo António. Los obreros contuvieron el aliento. Benedita empezó a avanzar, dispuesta a romper lo que hiciera falta, incluso a morir bajo las balas, antes que regresar al infierno del barón.

Pero Joaquim levantó una mano para indicarle que se detuviera. Miró al barón directo a los ojos.

—No tengo esa suma —dijo Joaquim con calma—. Pero le propongo un trato. En tres días es la fiesta de San Juan. Se celebra el tradicional concurso de fuerza entre las fincas del valle. El juego de los bloques de piedra. Si mi representante gana, usted firma el acta de venta definitiva por los siete céntimos ya pagados, ante el juez de paz. Si usted gana… se lo queda todo. La mujer y mi finca también.

El barón soltó una carcajada. El concurso de San Juan consistía en arrastrar una losa de granito de dos toneladas a lo largo de cincuenta metros. Desde hacía cinco años, eran los bueyes de raza del barón, guiados por sus mejores hombres, los que ganaban sin esfuerzo.

—Estás loco, Joaquim. Vas a perderlo todo por puro orgullo. Acepto.

Al caer la noche, el establo estaba más silencioso que de costumbre. Joaquim llevó la cena de Benedita. Se sentó en su paca de paja habitual, con el rostro marcado por el cansancio y la gravedad de su apuesta.

—Has jugado tu vida —dijo Benedita, con una voz que era apenas un susurro áspero—. ¿Por qué? Te dije que ya no cargaría a nadie.

Joaquim la miró con una sonrisa cansada, pero de una sinceridad absoluta.

—No he jugado tu vida, Benedita. He jugado la mía. Si decides marcharte esta noche, la puerta está abierta. Estás tan fuerte que los caballos del barón no te alcanzarán en el bosque. Yo perderé la finca, pero dormiré tranquilo sabiendo que eres libre.

Se levantó para irse, pero ella lo detuvo posando su inmensa mano sobre su hombro. Por primera vez, su contacto no era una amenaza, sino una promesa.

—¿Dónde está esa piedra? —preguntó ella.