—Buenos días, Graciela.
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Mi suegra bajó la mirada hacia la llave inútil y luego me vio a la cara.
Su sonrisa se quebró.
—¿Cambiaste la chapa?
—Pasa —dije.
Entró mirando a todos lados, como si buscara una salida antes de conocer el incendio.
Puse mi celular sobre la barra de la cocina y reproduje el video.
Nadie habló.
La voz de Graciela llenó el cuarto.
—Mañana en la mañana. Mariana sale a las 7:30 y la niña entra a la escuela a las 8.
Alejandro cerró los ojos.
Cuando el video llegó a la parte del joyero y la carpeta azul, Graciela golpeó la barra con la palma.
—¡Me grabaste como delincuente!
Paulina soltó una risa seca.
—No, mamá. Te grabaste tú solita hablando como delincuente.
Yo miré a Alejandro.
—¿Quién es Víctor Robles?
Él apretó la mandíbula.
—No sé.
Paulina abrió su carpeta.
—Claro que sabes.
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Sacó impresiones de correos, capturas de mensajes y una hoja membretada de una inmobiliaria privada.
—Anoche entré a la cuenta administrativa del negocio de la familia. Mamá olvidó que yo todavía tengo acceso.
Graciela intentó arrebatarle los papeles, pero Paulina los levantó antes.
—No te conviene hacer más teatro.
Los correos hablaban de nuestra casa.
De mi casa.
De un comprador interesado en adquirirla “fuera de mercado”. De una operación rápida. De una firma pendiente. De “obtener originales para validar datos”.
Leí el nombre de Ernesto Luján varias veces.
También el de Víctor.
Y dos veces apareció el correo de Alejandro.
Una línea me dejó sin aire:
Si Mariana ve documentos antes de tiempo, lo va a detener todo. Mejor no la contacten directo.
Sentí que el piso se movía debajo de mí.
—Alejandro —dije—, explícame esto.
Mi esposo se frotó la cara con ambas manos.
—Yo no sabía que iban a entrar a la casa.