—Siempre.
Porque algunas traiciones no llegan haciendo ruido.
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Llegan con lentes oscuros, un sobre amarillo y una llave que alguien entregó creyendo que nadie estaba mirando.
Pero ese día alguien sí miró.
Una niña de 11 años.
Y gracias a ella, cuando los adultos intentaron inventar una historia, la verdad ya los estaba esperando en nuestra cocina.