PARTE 2
Escribí con las manos temblando:
“Todo igual, hija. Sigue dormida. Descansen. Te amo.”
Doña Carmen cerró los ojos, agotada, pero antes de quedarse dormida otra vez me dijo algo que me dejó sin aliento.
—En mi casa… cajón de mi buró… hay una libreta verde. Ahí escribí todo.
No esperé más. Esa misma tarde salí del hospital y tomé un taxi hacia San Ángel. La casa de doña Carmen era grande, antigua, con paredes color crema, balcones de hierro negro y un patio lleno de bugambilias. Mariana me había dado las llaves “por cualquier emergencia”. Ahora entendía por qué eso podía ser peligroso.
Entré con el corazón golpeándome el pecho. La casa olía a madera vieja y a flores secas. Subí las escaleras despacio. Cada escalón crujía, y ese sonido me hizo imaginar la caída de doña Carmen.
En su recámara, abrí el cajón del buró. Al principio solo encontré pañuelos, una caja de medicinas y recibos viejos. Luego, al fondo, apareció la libreta verde.
La abrí.
La primera página tenía fecha de agosto.
“Hoy escuché a Alejandro y Mariana hablando en la sala. Deben quinientos ochenta mil pesos. Alejandro dice que el banco los va a demandar. Mariana dijo: ‘Tu mamá tiene propiedades, tiene dinero guardado. ¿Para qué lo quiere si ya está vieja?’”
Sentí náuseas.
Pasé la página.
“Mariana me preparó té. Sabía amargo. Después me sentí mareada. Escuché que Alejandro decía: ‘No fue suficiente’. Tengo miedo de mi propio hijo.”
Seguí leyendo, cada línea peor que la anterior.
“Hoy Alejandro me pidió firmar unos papeles para administrar mis propiedades. Me negué. Le dije que mi abogado debía revisarlos. Se puso frío. Nunca había visto esos ojos en mi hijo.”
La última entrada era de cuatro días antes del accidente:
“Si algo me pasa, no fue un accidente. Me llamo Carmen Soto viuda de Medina. Tengo 69 años. Y creo que mi hijo y mi nuera quieren matarme.”
Cerré la libreta, pero mis manos no dejaban de temblar.
Busqué más. En el escritorio de Alejandro encontré un sobre amarillo escondido entre carpetas. Dentro había un poder notarial donde doña Carmen supuestamente autorizaba a Alejandro a vender, hipotecar o administrar todas sus propiedades.
Pero la firma era falsa.
Yo no era perito, pero había visto la letra de doña Carmen en la libreta. Esa firma era torpe, copiada, sin vida.
Guardé todo en mi bolsa y salí casi corriendo.
Esa noche no dormí. Revisé los mensajes antiguos de Mariana. Recordé conversaciones que antes me parecieron normales.
“Mamá, Alejandro está desesperado.”
“Su mamá podría ayudarnos, pero es egoísta.”
“Hay gente que se muere sentada sobre una fortuna.”
En su momento pensé que era estrés. Ahora sonaban como advertencias.
Al día siguiente fui al hospital. Doña Carmen estaba despierta, fingiendo estar dormida cuando entraban las enfermeras. Cuando nos quedamos solas, le mostré la libreta y el poder.
—Ya tenemos pruebas —le dije.
Ella lloró en silencio.
—Mi hijo falsificó mi firma…
—Tenemos que ir al Ministerio Público.
—Todavía no —susurró—. Primero llame a mi abogado. Se llama Roberto Méndez.
Lo hice desde el pasillo. El licenciado Méndez nos citó esa misma tarde. Cuando leyó la libreta y revisó el poder, su rostro cambió.
—Esto no solo es fraude —dijo—. Si la señora Carmen declara que la empujaron, estamos hablando de tentativa de homicidio.
—Ellos dicen que están en Guadalajara dos semanas —murmuré.
El abogado levantó la mirada.
—¿Tiene prueba de ese viaje?
Esa noche entré al correo de Mariana. Años atrás ella me había dado su contraseña para ayudarla con unos documentos y nunca la cambió.
Encontré los boletos.
Sí habían viajado a Guadalajara. Pero no por dos semanas.
Regresaban al día siguiente en la madrugada.
Entonces lo entendí todo: el viaje no era trabajo. Era una coartada. Se iban, esperaban que doña Carmen muriera y volvían como hijos preocupados.
Pero doña Carmen había despertado.
Y ellos estaban por regresar sin saber que su secreto ya estaba en nuestras manos.