Cuando salió, mis manos comenzaron a temblar. Llamé a Fernanda.
“Vino por la firma.”
“Perfecto”, contestó ella. “Eso significa que ya tienen miedo.”
Esa tarde fui a su despacho en Polanco. Me explicó todo: protección patrimonial, bloqueo de movimientos sospechosos, notificación al banco, resguardo de escrituras, medidas legales.
Yo asentía, pero solo podía pensar en mi hija.
Ni siquiera había nacido y ya estaban intentando robarle su hogar.
“No vayas a enfrentar a Daniela sola”, me advirtió Fernanda.
“No pensaba hacerlo.”
“Sí pensabas. Te conozco.”
No respondí.
Esa noche, por error, llegó a mi correo una invitación porque Rodrigo había usado mi computadora para entrar a sus cuentas.
“Baby shower de Daniela.”
Jardín privado en San Ángel.
Sábado, 5:00 p.m.
Había recibos de flores, banquete, decoración, mesa de postres, fotógrafo y música en vivo.
En la invitación, con letras doradas, se leía:
“Bienvenido, Mateo.”
El sábado me puse un vestido negro suelto y me recogí el cabello. Fernanda llegó con una carpeta legal, dos celulares cargados y esa calma peligrosa de una abogada que ya sabe dónde va a golpear.
“No vas a perder el control”, me dijo.
“Voy a intentarlo.”
“Y por favor no te me vayas a poner de parto ahí.”
“Eso no depende de mí.”
Llegamos cuando el sol caía sobre el jardín. Había camionetas de lujo estacionadas afuera, globos dorados, mesas blancas, centros de flores carísimos y meseros sirviendo agua mineral y copas de vino espumoso.
Entré sin pedir permiso.
Una por una, las conversaciones murieron.
Entonces lo vi.
Rodrigo estaba junto a Daniela.
Ella usaba un vestido blanco ajustado, con una mano sobre su vientre. Él estaba a su lado, orgulloso, como si fueran la familia perfecta.
Teresa estaba en la mesa principal, con perlas en el cuello y cara de reina.
Cuando me vio, casi se le cayó la copa.
“¿Qué haces aquí?”, soltó.
Caminé despacio.
“Vine a felicitar a la familia feliz.”
Daniela frunció el ceño.
“Rodrigo… ¿qué está pasando?”
“Qué bonito evento”, dije. “Mis treinta y ocho mil pesos alcanzaron para bastante.”
Los murmullos explotaron en el jardín.
Rodrigo vino hacia mí.
“Nos vamos.”
“No.”
“Mariana, no hagas el ridículo.”
“Curioso”, respondí. “Tú montaste todo este teatro sin vergüenza.”
Fernanda se puso a mi lado.
Rodrigo intentó tomarme del brazo.
“Dije que nos vamos.”
“No la toque”, advirtió Fernanda.
Cuando él la reconoció, perdió color.
Saqué documentos de mi bolso.
“Cargo a mi tarjeta para el baby shower de Daniela.”
Levanté otra hoja.
“Mensajes donde preguntan si yo me di cuenta.”
Otra.
“Mensajes de su madre planeando convencerme de firmar mi departamento después del parto.”
El silencio cayó pesado.
Daniela volteó lentamente hacia Rodrigo.
“Tú me dijiste que ya estabas separado.”
Esa frase dolió de una forma extraña.
“También me dijo a mí que no podía comprarle una cuna a su hija”, agregué.
Rodrigo apretó la mandíbula.
“Ya basta.”
“No”, dije. “Esto apenas empieza.”
Entonces Daniela hizo algo que nadie esperaba. Se quitó la banda decorativa que decía “Mamá de Mateo” y la aventó sobre la mesa.
“Yo no sabía lo del departamento.”
Rodrigo giró hacia ella.
“Cállate.”
La palabra sonó como una cachetada.
Daniela lo miró incrédula.
“A mí no me hablas así.”
“Dije que te calles.”
Fernanda levantó su celular.
“Estoy grabando.”
Rodrigo se quedó inmóvil.
Teresa intentó intervenir.
“Mi hijo cometió errores”, dijo fuerte. “Pero Mariana siempre ha sido manipuladora. El embarazo la volvió imposible.”
Algo dentro de mí se rompió.
“Su hijo me dijo que no había dinero mientras yo pagaba consultas, vitaminas y comida. Usó mis tarjetas para mantener una mentira. Y usted entró a mi casa a presionarme para entregar lo único que mi padre me dejó.”
Hasta los meseros dejaron de moverse.
“No vine a pedir lástima”, continué. “Vine a avisarles que ya no tendrán acceso a mi dinero, a mi casa ni a mi hija.”
Rodrigo soltó una risa amarga.
“¿Tu hija? También es mía.”
Mi vientre se endureció de golpe.
Respiré hondo.
“Un padre no amenaza a una mujer embarazada para quitarle su hogar.”
Rodrigo dio un paso hacia mí.
“Te voy a quitar todo.”
Y esta vez…
todos lo escucharon.
Fernanda sonrió apenas.
“Gracias, Rodrigo.”
Él entendió demasiado tarde lo que acababa de hacer.
En ese instante, un dolor profundo me atravesó el vientre. Me doblé hacia adelante.
Fernanda me sostuvo.
“Mariana.”
Otra contracción llegó más fuerte.
Alguien gritó que llamaran una ambulancia.
Y mientras todos corrían, comprendí que la verdad más terrible todavía no había salido a la luz.
PARTE 3
Fernanda no esperó a la ambulancia.
Me llevó al hospital manejando por Insurgentes mientras hablaba con mi ginecóloga en altavoz. Yo iba encogida en el asiento, apretándome el vientre, sintiendo que cada semáforo duraba una vida entera.
“Respira, Mariana”, repetía. “Tu bebé necesita que estés tranquila.”
Yo solo quería escuchar el corazón de mi hija.
En el hospital todo fue luz blanca, prisa y voces mezcladas.
Enfermeras.
Presión alta.
Monitores.
Contracciones.
Una doctora me explicó que el estrés había provocado amenaza de parto prematuro, pero intentarían detenerlo.
Entonces, por fin, el sonido llenó la habitación.
El latido.
Fuerte.
Rápido.
Vivo.
Y lloré.
No como esposa engañada.