PARTE 2
Raúl intentó ponerse de pie, pero sus piernas se doblaron antes de tocar el suelo. Cayó junto a la silla con un golpe seco que hizo temblar los vasos de la mesa.
Durante un segundo, no respiré.
No porque sintiera lástima.
Sino porque entendí que ese plato había sido preparado para mí.
Mi esposo estaba sufriendo exactamente lo que me había destinado, cucharada por cucharada, sonrisa por sonrisa.
“Valeria… ayúdame”, alcanzó a decir.
Su voz no sonaba como la de un hombre arrepentido. Sonaba como la de alguien sorprendido de que su propia trampa tuviera dientes.
Tomé mi celular con los dedos helados y marqué al 911.
“Mi esposo se desplomó después de cenar”, dije. “Manden una ambulancia. Por favor.”
Mientras hablaba, el teléfono de Raúl seguía vibrando sobre la barra.
Daniela otra vez.
“Contesta.”
Luego otro mensaje:
“Raúl, dime que ya se acabó.”
Y otro:
“Recuerda borrar las cámaras si encontraste alguna.”
Me quedé mirando esa frase.
Borrar las cámaras.
Entonces supe que algo más estaba mal. Ellos sospechaban que yo podía haber descubierto algo. Por eso Raúl había elegido esa noche. No por seguridad, sino por prisa.
Los paramédicos llegaron primero. Después entraron dos policías. La casa se llenó de guantes, radios, preguntas y miradas que iban de mi cara al plato de sopa.
Una oficial de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, de apellido Rivas, me preguntó qué había pasado.
“Cenamos”, respondí, temblando. “Él dijo que no se sentía bien y cayó.”
No mentí del todo.
Tampoco dije toda la verdad.
Cuando se llevaron a Raúl, aún respiraba, pero apenas. Sus ojos se quedaron abiertos, clavados en mí, como si quisiera acusarme sin poder decir que él había puesto primero el veneno.
Esa madrugada me senté sola en la sala, mirando la fotografía de mi boda. En la imagen, Daniela aparecía detrás de mí, sosteniendo mi velo. Raúl me miraba como si yo fuera su milagro.
Qué fácil se disfraza la envidia cuando aprende a sonreír para la foto.
A las seis de la mañana, recibí una llamada del hospital.
Raúl había muerto.
No lloré. Algo dentro de mí ya lo había enterrado la noche en que lo escuché prometerle mi vida a mi hermana.
Fui a la Fiscalía con mi abogado, Alejandro Núñez, quien llevaba cinco días guardando una copia de los videos, los historiales de búsqueda y las fotografías de los frascos que encontré en el despacho de Raúl.
Sí, había encontrado más.
Dos noches antes de la cena, mientras Raúl se bañaba, entré a su estudio. En un cajón falso de su escritorio había una libreta con mi rutina completa: horarios, alimentos, medicamentos, juntas, viajes, nombres de empleados y hasta los días en que me visitaba mi mamá.
También había una lista escrita por Daniela.
“Después del funeral:
- Presionar a mamá para que firme.
- Cambiar cerraduras.
- Sacar ropa de Valeria.
- Viajar a Tulum.”
Apreté esa hoja hasta arrugarla.
Mi hermana no solo había planeado mi muerte. Había planeado borrar mi existencia de la casa antes de que mi cuerpo estuviera frío.
El Ministerio Público revisó los videos. La perito pidió los platos, la olla y la basura de la cocina. Mi abogado entregó copias certificadas de los documentos falsificados.
La agente Rivas, ahora asignada a la investigación, vio una parte de la grabación donde Daniela besaba a Raúl y decía:
“Cuando Valeria muera, todos van a decir que por fin descansó de tanto trabajar.”
Rivas apagó la pantalla lentamente.
“Señora Valeria”, dijo, “su hermana acaba de convertirse en la pieza clave.”
Pero cuando fueron a buscarla a su departamento en la Narvarte, Daniela ya no estaba.
Su clóset estaba vacío.
Su pasaporte, desaparecido.
Y de una cuenta operativa de mi hotel en Tulum faltaban ochocientos mil pesos.
A las once de la mañana, mi mamá me llamó llorando.
“Valeria, Daniela dice que tú mataste a Raúl. Dice que siempre estuviste obsesionada con controlar a todos. Dice que la próxima vas a ir contra ella.”
Sentí una rabia tan fría que casi me dio calma.
“¿Dónde está?”
Mi mamá guardó silencio.
Al fondo escuché la voz de Daniela:
“No le digas nada. Esa mujer está loca.”
Entonces comprendí el verdadero plan.
Si Raúl moría, Daniela no iba a huir solamente.
Iba a convertirme en la asesina de mi propio intento de asesinato.