PARTE 2
Roberto le pidió a Jimena que se fuera esa misma noche.
No gritó.
No la insultó.
No le dio oportunidad de abrazarlo ni de tocarle el brazo como hacía siempre cuando quería manipularlo.
Solo abrió la puerta y señaló la salida.
—Te vas. Ahora.
Jimena lloró en segundos.
Se dejó caer en el sillón como si ella fuera la víctima.
—Roberto, por favor. Estás destruido por lo de Fernanda y esa niña lo sabe. Te está usando. Quiere que yo me vaya porque no acepta que tú tienes derecho a rehacer tu vida.
Camila, detrás de su padre, apretaba su osito contra el pecho.
—No la metas en esto —dijo Roberto.
—¡Ella ya nos metió a todos! —gritó Jimena—. ¿No ves? Te quiere solo. Te quiere miserable. Igual que cuando murió su mamá.
Roberto dio un golpe en la mesa.
—¡No vuelvas a hablar de Fernanda!
Jimena se calló.
Por primera vez, pareció medir el peligro.
Luego bajó la voz.
—Perdóname. Me desesperé. Yo te amo, Roberto. Solo quería ayudarlos. No tires todo por una rabieta.
Pero Roberto ya no la escuchaba igual.
Esa noche, Jimena se fue con una maleta y lágrimas falsas.
Camila durmió en la cama de su padre, abrazada a su brazo como si temiera que al despertar él ya no estuviera.
Roberto no durmió.
Se quedó mirando el techo.
La rabia lo estaba consumiendo, pero también una duda horrible le mordía la cabeza.
Jimena siempre había sido perfecta frente a él.
Nunca le levantó la voz a Camila cuando él estaba cerca.
Nunca perdió la paciencia.
Nunca dejó una señal.
¿Cómo podía alguien fingir tan bien?
A la mañana siguiente, Roberto habló con su hermano Darío, que era abogado.
Darío lo escuchó en silencio.
—Las fotos de los golpes ayudan, pero necesitas algo más fuerte —le dijo—. Si ella lo niega, va a querer voltearte la historia. Esa gente no se cae sola. Hay que agarrarla con la máscara puesta.
Roberto miró a Camila jugando con un lápiz en la mesa.
Le dolió pensar en usarla para descubrir la verdad.
Pero también sabía que si no lo hacía, Jimena podía regresar con una denuncia falsa, con mentiras, con lágrimas, con todo eso que la gente suele creer antes que la palabra de una niña.
Esa tarde, Roberto se sentó frente a Camila.
—Mi amor, necesito hacer algo para protegerte. Pero solo si tú quieres.
Camila lo miró con miedo.
—¿Va a volver?
—Sí. Pero yo no me voy a ir de verdad. Voy a fingir que salgo a trabajar y me voy a esconder en tu clóset.
La niña se puso pálida.
—¿En mi clóset?
Roberto sintió vergüenza.
Ese lugar ya era una pesadilla para ella.
—No te voy a dejar sola ni 1 segundo. Si se acerca a ti, dices nuestra palabra secreta.
Camila pensó un momento.
—¿Puede ser “mango con chile”?
Roberto sonrió con tristeza.
—Sí. “Mango con chile”.
Al día siguiente, Roberto llamó a Jimena.
Fingió una voz cansada, arrepentida.
—Creo que reaccioné mal. Camila está confundida. Ven para hablar.
Jimena aceptó casi de inmediato.
Llegó a las 10 de la mañana, maquillada, con pan de concha, un litro de atole y una sonrisa de telenovela.
—Mi amor, sabía que ibas a entender —dijo, intentando besar a Roberto.
Él se hizo a un lado.
—Voy a la bodega. Regreso en unas horas. Hablen tranquilas.
Besó la frente de Camila.
La niña lo miró con los ojos llenos de terror.
Roberto salió por la puerta principal, bajó las escaleras, esperó 3 minutos y regresó sin hacer ruido por la puerta trasera que daba al patio.
Entró al cuarto de Camila y se escondió en el clóset con el celular listo para grabar.
El corazón le golpeaba tan fuerte que temió que Jimena lo escuchara.
Durante casi 40 minutos, no pasó nada.
Jimena habló suave.
Le ofreció pan a Camila.
Puso caricaturas.
Hasta le dijo:
—Ven, mi niña, te peino para que estés bonita.
Roberto, desde la oscuridad, empezó a sentir una confusión insoportable.
¿Y si todo era más complejo?
¿Y si Camila había mezclado miedo, tristeza y recuerdos?
Entonces Jimena apagó la televisión.
El silencio cayó pesado.
—Ya estuvo bueno de hacerte la mosquita muerta —dijo.
Su voz ya no era dulce.
Era seca.
Fría.
Real.
Camila no respondió.
—¿Pensaste que con llorarle a tu papá me ibas a sacar de aquí? Pobrecita. No sabes con quién estás jugando.
Roberto encendió la grabación.
Le sudaban las manos.
—Yo no juego —susurró Camila—. Tú me haces daño.
Jimena soltó una risa.
—¿Daño? Daño me haces tú a mí, niña malagradecida. Tu papá estaba empezando a vivir. Estaba empezando a quererme. Pero ahí estás tú, con tu cara triste, recordándole a la muerta todos los días.
Camila empezó a llorar.
—No hables así de mi mamá.
Jimena se acercó.
—Tu mamá ya no está. Entiéndelo. Y si tú sigues estorbando, vas a terminar con tu abuela en Puebla. Allá sí te van a enseñar a obedecer.
—Mi papá dijo que no.
—Tu papá dice muchas cosas. Pero los hombres cansados aceptan lo que una les pone enfrente.
Jimena tomó a Camila del brazo.
La niña soltó un quejido.
Roberto apretó los dientes dentro del clóset.
—Hoy vas a decirle que mentiste —ordenó Jimena—. Vas a decirle que te hiciste esas marcas tú sola. Y vas a pedir perdón.
—No.
El jalón fue más fuerte.
—¡Mango con chile! —gritó Camila—. ¡Papá, mango con chile!
Roberto salió del clóset como si la oscuridad lo hubiera escupido.
Jimena soltó a Camila y retrocedió.
Su cara se volvió blanca.
—¿Qué haces ahí?
Roberto levantó el celular.
—Grabé todo.
Por primera vez, Jimena no tuvo una frase preparada.
No lloró.
No actuó.
Solo miró el teléfono con desesperación.
Y justo entonces, el celular de Jimena vibró sobre la cama.
En la pantalla apareció un mensaje de una amiga llamada Brenda:
“¿Ya lograste que mande a la niña con la abuela? Sin ella, el viudo vende más fácil la casa. No se te vaya ese dinero, mensa.”
Roberto sintió un frío horrible bajándole por la espalda.
Camila no era el obstáculo emocional de Jimena.
Era el obstáculo económico.
Roberto tomó el celular antes de que Jimena pudiera esconderlo.
—Dame eso —dijo ella, intentando arrebatárselo.
—Ni te acerques.
—No sabes lo que estás leyendo.
—Claro que sí sé.
Roberto abrió los mensajes.
Ahí estaba todo.