PARTE 2
Carmen se arrojó al suelo de piedra y se arrastró detrás de 3 enormes barricas de roble justo en el momento en que la luz de la linterna de Elena iluminó el sótano. El corazón de la joven empleada latía tan fuerte contra su pecho que temía que el sonido la delatara.
Elena caminaba con 1 elegancia siniestra. Llevaba 1 abrigo grueso de lana fina y en su mano derecha sostenía 1 plato de plástico con 2 pedazos de pan duro. Se acercó al panel biométrico, colocó su dedo índice y el aparato emitió 1 pitido agudo. La pesada puerta metálica se abrió con dificultad, liberando 1 nube densa de vapor blanco y 1 ráfaga de aire letal a menos 15 grados centígrados.
Desde su escondite en la oscuridad, Carmen pudo ver el interior. Entre cajas de madera y enormes trozos de carne congelada, estaban Leo y Sofía. Los 2 niños de 6 años se abrazaban fuertemente en 1 esquina. Estaban pálidos, con los labios morados, las pestañas cubiertas de escarcha y temblando incontrolablemente bajo 1 cobija sucia y extremadamente delgada.
—Miren nada más, los grandes herederos del imperio tequilero —se burló Elena con 1 voz venenosa, arrojando el pan al suelo de hielo—. Solo faltan 2 días más. Para cuando su querido padre regrese de su viaje en Madrid, la neumonía ya habrá hecho su trabajo. Él creerá que se escaparon de casa y se perdieron en la tormenta. Todo el dinero y el poder de la familia Cárdenas serán únicamente míos.
Sofía ni siquiera abrió los ojos; su respiración era casi imperceptible. Leo levantó su pequeña cara cubierta de lágrimas congeladas, mirándola con absoluto terror.
—Por favor… mi hermanita no respira bien… —suplicó el niño de 6 años, con un hilo de voz.
Elena soltó 1 carcajada seca y despiadada, dio media vuelta y cerró la pesada puerta de golpe. El seguro electrónico se activó de inmediato. Sin embargo, al girarse para caminar de regreso a las escaleras, 1 rata grande y negra cruzó repentinamente por sus pies. Elena soltó 1 grito agudo de asco, tropezó levemente hacia atrás y, sin darse cuenta en medio del susto, dejó caer de su bolsillo 1 pequeña tarjeta maestra de anulación electrónica, usada por mantenimiento para emergencias cuando el lector biométrico fallaba.
La mujer maldijo, acomodó su costoso abrigo y subió los 20 escalones maldiciendo la suciedad del lugar, sin notar lo que había perdido en el suelo.
Carmen esperó 1 minuto completo en la penumbra. Cuando estuvo completamente segura de que Elena se había marchado a sus aposentos, salió de su escondite y corrió hacia la tarjeta tirada en el suelo de piedra. Con las manos entumecidas por el frío residual del sótano, la pasó por el escáner negro.
La luz cambió de rojo a verde.
Carmen jaló la manija de acero con toda la fuerza de sus 2 brazos.
El frío industrial la golpeó en el rostro como 1 bofetada. Corrió desesperada hacia el fondo del cuarto oscuro. Sofía estaba completamente inconsciente, su piel estaba tan fría que parecía estar tocando 1 estatua de mármol. Leo lloraba en silencio, aferrado al cuerpo inmóvil de su hermana de 6 años.
—Tranquilo, mi amor, ya estoy aquí —susurró Carmen, quitándose su propio suéter de lana rápidamente para envolver a la pequeña niña—. Los voy a sacar de este infierno ahora mismo.
Carmen cargó a Sofía en sus 2 brazos y tomó a Leo de su pequeña y helada mano. Sabía que no podían huir por la entrada principal de la inmensa hacienda; había 8 escoltas fuertemente armados y leales a Elena patrullando todo el perímetro. Pero Carmen conocía 1 secreto: detrás de la cava de vinos había 1 viejo túnel de tierra y piedra que los antiguos dueños usaban para contrabando en los tiempos de la Revolución Mexicana. El túnel conectaba directamente con los vastos campos de agave, a 2 kilómetros de la propiedad principal.
Caminaron por la oscuridad subterránea durante 30 minutos agónicos. El barro espeso, la humedad y las piedras afiladas cortaban los pies descalzos de Carmen, quien había dejado sus zapatos atrás para no hacer ruido al caminar. Leo tropezaba en la oscuridad, pero fue valiente y no se quejó ni 1 sola vez. Sofía respiraba cada vez más débilmente contra el pecho de la joven.
Cuando por fin salieron del túnel, la violenta tormenta los recibió con 1 lluvia torrencial implacable. Los inmensos campos de agave parecían 1 océano de espinas mortales bajo la noche negra. Caminaron durante 2 horas. A cada paso, Carmen sentía que sus pulmones iban a estallar por el esfuerzo y el aire helado. La sangre brotaba de sus 2 pies heridos, pero la imagen mental de su propia madre luchando por su vida en 1 cama de hospital le dio la fuerza sobrenatural para no rendirse. Si dejaba morir a estos 2 niños inocentes, jamás se lo perdonaría.
A las 3 de la madrugada, llegaron a 1 gasolinera vieja y deteriorada a la orilla de la solitaria carretera federal. A un lado, había 1 pequeña tienda de conveniencia abierta con luces parpadeantes. Carmen entró empapada, sucia y sangrando, empujando con desesperación la puerta de cristal. El cajero, 1 hombre mayor de mirada cansada, los miró completamente horrorizado.
—¡Por favor, esconda a los niños y préstele su teléfono! —gritó Carmen, cayendo pesadamente de rodillas con Sofía aún en sus brazos.
El cajero reaccionó de inmediato, metiéndolos rápidamente en 1 pequeña bodega en la parte trasera del local y encendió 1 calentador eléctrico oxidado. Carmen tomó el teléfono fijo y marcó el único número de emergencia que se había aprendido de memoria husmeando en los registros: el de “El Lobo”, el despiadado jefe máximo de seguridad de don Javier, 1 hombre de 50 años que solo le respondía al patrón.
El teléfono sonó 3 veces.
—¿Quién habla? —respondió 1 voz áspera y amenazante.
—Soy Carmen, empleada doméstica de Los Agaves. Necesito hablar con el señor Javier de inmediato, es de vida o muerte. Es sobre sus 2 hijos.
Hubo 1 silencio sepulcral en la línea.
—Los 2 niños están a salvo en Estados Unidos —respondió El Lobo, con tono de advertencia.
—¡No es verdad! Elena los encerró en el congelador industrial de carne para matarlos de frío. Los saqué, pero Sofía se está muriendo. Estamos escondidos en la tienda de la gasolinera del kilómetro 42.
Del otro lado de la línea telefónica, se escuchó el sonido de 1 vaso de cristal haciéndose pedazos contra 1 pared. En menos de 10 segundos, la voz de don Javier Cárdenas, profunda, quebrada y cargada de 1 furia demoníaca, tomó la llamada.
—Carmen… enciérrate en esa bodega. Mis hombres llegan en 5 minutos exactos. Si alguien toca a mis 2 hijos antes de que yo llegue, te juro por mi vida que quemaré el estado entero hasta las cenizas.
Pero el verdadero infierno llegó primero.