Durante un instante aterrador pensé que estaba muerta.
Le toqué la muñeca.
Estaba helada.
“Por favor”, susurré. “Por favor, sigue viva.”
Entonces me incliné más cerca.
Y lo escuché.
Respiraba.
Muy débilmente.
Apenas.
Como si su respiración estuviera a punto de desaparecer.
Me quité la chaqueta y la envolví alrededor de sus hombros con las manos temblando.
Ella no se movió.
No abrió los ojos.
Ni siquiera reaccionó.
No parecía alguien que simplemente se hubiera quedado dormida.
Parecía alguien a quien habían obligado a permanecer en silencio.
Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Llamé a una ambulancia mientras la sostenía para evitar que se deslizara de la silla de ruedas y cayera directamente al barro.
“Hay una mujer anciana al lado de la carretera”, grité por teléfono. “Está inconsciente. Se está congelando. Está sentada en una silla de ruedas. Por favor, vengan rápido.”
La operadora me preguntó dónde estaba.
Miré desesperadamente a mi alrededor.
Pero no había nada.
Solo lluvia.
Oscuridad.
Mi coche.
Y aquella mujer en la silla de ruedas.
Le di mi ubicación lo mejor que pude.
“¿Está respirando?”, preguntó la operadora.
“Sí”, respondí. “Apenas.”
“Quédese con ella. La ayuda ya está en camino.”
Seguí hablándole porque tenía miedo de que, si dejaba de hacerlo, abandonara este mundo antes de que llegara la ambulancia.
“Por favor, quédate conmigo”, susurré. “Ya no estás sola. Por favor, resiste.”
Pero dentro de mí, junto al miedo, empezaba a crecer la
rabia.
¿Quién podía hacer algo así?
¿Quién podía abandonar a una anciana indefensa junto a una carretera vacía bajo una lluvia helada?
No tenía manta.
Ni bolsa.
Ni teléfono.
Ni comida.
Ni siquiera una nota.
Nada que indicara que alguien quería que la encontraran.
Nada que demostrara que le importaba a alguien.
Parecía como si alguien la hubiera dejado allí esperando que la noche terminara el trabajo.
Cuando finalmente llegó la ambulancia, las luces rojas se reflejaron sobre la carretera mojada y tiñeron de rojo el barro que nos rodeaba.