Mauricio perdió por completo el color del rostro.
“Arturo, no te atrevas.”
Pero el licenciado ya había abierto el sobre.
“Valeria descubrió retiros no autorizados de cuentas conjuntas, préstamos a su nombre y documentos con firmas falsificadas.”
Mi corazón golpeó contra mi pecho.
“¿Qué?”, susurré.
Yo no sabía eso.
Nadie lo sabía.
“Según la denuncia presentada ante la Fiscalía y la Unidad de Inteligencia Financiera, el monto supera los ocho millones de pesos.”
La iglesia explotó en voces.
Ximena se llevó una mano al pecho.
“¿Ocho millones?”
Mauricio giró hacia ella.
“No le creas.”
Pero ya nadie le creía.
El licenciado continuó:
“Parte de ese dinero fue usado para pagar la renta de un departamento en Providencia, viajes, joyería y gastos personales de la señora Robles.”
Ximena retrocedió como si el suelo se hubiera abierto.
“Yo no sabía de dónde salía.”
Mauricio intentó acercarse al abogado, pero dos hombres de la familia se pusieron de pie.
Mi hermano Javier, que casi nunca hablaba, le dijo:
“Ni un paso más.”
Entonces el licenciado leyó la última línea del documento.
“Valeria escribió: ‘Si estoy muerta cuando esto se lea, no permitan que Mauricio diga que me amaba. Él sabe lo que hizo’.”
El ataúd estaba entre nosotros.
Y por primera vez, Mauricio pareció tener miedo.
Pero todavía faltaba la verdad más dura.
Y esa verdad estaba a punto de salir frente a todos.