“Licenciada Valeria, hay una muchacha preguntando por usted. Dice llamarse Maya Hernández.”
Raquel levantó la vista.
“Yo no la contacté.”
Bajamos juntas.
Maya estaba en el lobby con una mochila gastada y el cabello húmedo por la lluvia. No parecía asustada. Parecía cansada de tener miedo.
“Perdón por venir así”, dijo. “Solo quiero que quiten mi nombre de su página.”
Nos sentamos en una sala privada.
Maya sacó una carpeta.
“Me usaron años como ejemplo. Yo les dije que eso no era cierto. La señora Bertha me contestó que debía aprender a agradecer.”
Me entregó un documento.
Era un acuerdo de confidencialidad.