Una mujer dormía en una banca, cubierta con una chamarra vieja. Su cabello negro le tapaba parte del rostro, y su cuerpo estaba encorvado como si hubiera pasado la noche peleando contra el frío.
Pero no fue ella lo que le heló la sangre.
Fueron los 3 bebés dormidos a su lado.
Estaban envueltos en cobijas distintas, una azul, una amarilla y una rosa muy gastada. Junto a la banca había una pañalera rota, 2 biberones vacíos y una bolsa de plástico con pañales baratos.
Santiago dio un paso.
Luego otro.
Y entonces la mujer movió un poco la cara.
El mundo se le cayó encima.
Era Mariana Ríos.
Su exnovia.
La mujer que había amado cuando todavía no era famoso, cuando vivía en un departamento rentado en la Narvarte y soñaba con levantar su primera empresa de tecnología.
La mujer que desapareció de su vida 4 años atrás sin despedirse.
La mujer por la que él se juró no volver a confiar en nadie.
—No puede ser… —murmuró.
Doña Carmen también la vio.
Y algo extraño ocurrió.
No se sorprendió como quien ve a una desconocida en desgracia.
Se puso pálida como quien reconoce un pecado.
Santiago notó el temblor en sus dedos.
—Mamá —dijo sin apartar la vista de la banca—. ¿Tú sabes algo?
Doña Carmen apretó los labios.
Uno de los bebés se movió. La cobija cayó apenas lo suficiente para mostrar una manita diminuta, de dedos largos, con un lunar pequeño cerca del pulgar.
Santiago sintió que el pecho se le cerraba.
Él tenía el mismo lunar.
Lo había heredado de su padre.
Lo había visto mil veces en fotografías familiares.
Miró a Mariana. Miró a los bebés. Luego miró a su madre.
—Mamá… dime que no estoy pensando una tontería.
Doña Carmen bajó la mirada.
—Santiago, por favor, aquí no…
—¿Son míos?
El silencio fue peor que una respuesta.
El ruido de la ciudad desapareció.
Ni los corredores, ni los perros, ni los vendedores existían para él en ese momento.
Doña Carmen empezó a llorar.
—Sí —susurró—. Son tus hijos.
Santiago retrocedió como si le hubieran dado un golpe.
—¿Qué?
—Pero hay algo más… algo que nunca me atreví a decirte.