La frase no explicaba nada.
Y por eso mismo lo destruyó todo.
Detrás de él, una voz débil cortó el silencio.
—No tenías derecho.
Ethan se giró.
Yo estaba en la puerta, sostenida por una enfermera, con la bata del hospital colgándome del cuerpo y el rostro más blanco que las paredes.
Debía estar en cama.
Debía estar dormida.
Pero el miedo puede levantar a una madre antes que cualquier medicina.
—Hannah —dijo él.
Mi mirada bajó a la carta en sus manos.
—Devuélvemela.
Ethan avanzó un paso.
—Necesito saberlo.
Yo ya sabía la pregunta antes de que la dijera.
La había temido desde el primer segundo en que reconocí su voz entre las sombras del quirófano.
—¿Son míos? —preguntó.
El pasillo pareció quedarse sin aire.
La enfermera que me sostenía miró hacia otro lado, intentando fingir que no estaba escuchando.
Yo apreté los dedos contra el marco de la puerta.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Demasiado seca.
Demasiado preparada.
Ethan me conocía lo suficiente para saber cuándo yo estaba mintiendo para proteger algo que me importaba más que mi propia dignidad.
—Hannah.