Seguía moviéndose con esa calma precisa que hacía que los residentes bajaran la voz cuando él entraba y que las enfermeras se apartaran sin necesidad de que nadie diera una orden.
Su apellido era conocido en todo Chicago.
La familia Caldwell poseía hospitales, fundaciones, laboratorios, inversiones y una fortuna que parecía demasiado grande para pertenecer a personas reales.
Podrían haberle entregado un despacho privado en lo alto de un edificio, una silla en un consejo directivo, viajes en jets privados y cenas donde la gente hablaba de salvar vidas sin acercarse jamás a una.
Pero Ethan había elegido otra cosa.
Eligió quirófanos.
Eligió guardias imposibles.
Eligió quedarse cuando las madres temblaban y los bebés dejaban de moverse.
Por eso, cuando entró la llamada de emergencia, no preguntó el nombre de la paciente.
Solo se puso en marcha.
Para cuando llegó a la zona de parto, el hospital ya respiraba con urgencia.
Los monitores chillaban.
Las enfermeras abrían paquetes estériles.
El anestesista revisaba números que cambiaban demasiado rápido.
Una residente sostenía una tableta con las manos tensas.
—Estado —ordenó Ethan.
—Desprendimiento severo de placenta —respondió ella—. Los dos bebés están en sufrimiento fetal. La presión materna sigue bajando.
Ethan miró el monitor.
Un segundo.
Nada más.
—Quirófano ahora. Dos unidades de sangre sin cruzar. Equipo neonatal preparado. No esperamos.
Esas palabras levantaron a todo el mundo.
Mi camilla volvió a moverse, y yo sentí que el techo se inclinaba sobre mí.
Voces.
Ruedas.
Manos.
Un pinchazo.
Un brazo levantado.
Alguien repitiendo mi nombre.
Hannah.
Hannah, escúchanos.