Los niños corrieron de regreso a la recámara, con los corazones latiéndoles desbocados en la garganta.
—Nos van a matar de verdad, nos están asesinando en nuestra propia casa —sollozó Cael, al borde de un ataque de pánico.
—Hay que decirle a papá ahorita mismo —propuso Cael.
—¡No nos va a creer! —lo detuvo Cayo, sujetándolo de los hombros—. Las ama, está embobado con Patricia. Ellas son expertas en fingir. Necesitamos pruebas concretas. Hay que usar su veneno en su contra, pero sin que nos mate de verdad.
Los ojos de Cayo se iluminaron de pronto al recordar un detalle crucial. Coralina era adicta a unas gotas para dormir; un calmante recetado extremadamente fuerte que guardaba en su neceser junto con sus cosméticos.
Esa noche, cuando las mujeres se distrajeron en la sala platicando animadamente con Marcos, los gemelos se escabulleron sigilosamente a la recámara de Coralina. Revolvieron los cajones hasta que encontraron, en el fondo del neceser marrón, el frasco de cristal grueso con el veneno. A un lado, en el buró, descansaba el frasco de su poderoso calmante.
Con manos temblorosas pero firmes, vaciaron los líquidos en recipientes temporales, lavaron ambos frascos a la perfección y los intercambiaron. El veneno mortal, la prueba de su maldad, quedó oculto en el frasco de medicina personal de Coralina. El calmante inofensivo —pero lo suficientemente potente para noquear a cualquiera— quedó en el frasco que las mujeres creían que era el veneno asesino.
—Si todo sale como lo planeamos, hoy solo vamos a dormir mucho —susurró Cael, apretando los puños.
Horas después, tal y como lo habían previsto, Coralina y Patricia entraron a la recámara de los gemelos, portando una bandeja con dos tazas de té caliente y la mejor de sus sonrisas falsas.
—Beban, mis niños, para que duerman rico y profundo —ronroneó Patricia, acariciándoles el cabello con hipocresía.
Los gemelos, excelentes actores por supervivencia, bebieron sin rechistar. El efecto de la sobredosis del fuerte calmante no se hizo esperar. En cuestión de minutos, la pesadez invadió sus cuerpos pequeños. Se desplomaron sobre las sábanas, la respiración se volvió tan superficial y el pulso tan escandalosamente lento que, a los ojos de cualquiera, lucían como dos cuerpos sin vida.
Marcos entró un rato después a la recámara para darles el tradicional beso de buenas noches. Al verlos pálidos, helados e inmóviles, el mundo se le vino encima en un instante.
—¡Cayo! ¡Cael! ¡Despierten! ¡Por el amor de Dios, niños, despierten! —gritó, sacudiéndolos con una desesperación desgarradora.
Patricia y Coralina entraron corriendo, montando un teatro perfecto de gritos, lágrimas y lamentos falsos. Pero, en medio de la confusión y la excelente actuación, la arrogancia les cobró factura. Al acercarse para darle unas palmadas de consuelo en la espalda a Marcos, a Coralina se le resbaló de su bata el frasco que ella juraba contenía el veneno.
Marcos, tirado en el suelo llorando mares sobre los cuerpos de sus hijos, vio rodar el botecito de cristal hasta detenerse contra sus rodillas. Lentamente, lo tomó entre sus manos temblorosas.
—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz rota por el dolor, pero con un destello de extrañeza y furia ciega naciendo en sus pupilas.
El silencio fue ensordecedor. Coralina palideció de golpe, sintiendo cómo se le helaba la sangre.
—Marcos, mi amor… eso no es nada… seguro fue una falla de sus corazoncitos. Los gemelos tienen conexiones fuertes, su destino era estar juntos… —balbuceó Patricia, intentando quitarle el frasco.
—¡No me toques! —rugió Marcos, levantándose como un león herido—. Mis hijos estaban completamente sanos hasta hace unas semanas. Y justo ahora encuentro esto tirado al pie de su cama. ¡Voy a llamar a la policía! ¡Quiero una investigación completa y una autopsia ahora mismo!
Antes de que las mujeres pudieran inventar alguna artimaña para detenerlo, el forense de confianza, el Dr. Federico, y las patrullas llegaron a la residencia. Los cuerpos fueron levantados y llevados a la morgue de inmediato bajo cadena de custodia, llevándose consigo el frasco incautado.
Y así, el círculo se cerraba en el frío anfiteatro, donde la muerte intentó reinar, pero fue monumentalmente burlada.
De vuelta en la mansión, el ambiente era irrespirable. Patricia caminaba como fiera enjaulada, arrancándose casi el cabello, bañada en sudor frío.
—¡Nos van a descubrir! ¡El maldito frasco tiene mis huellas, mamá! ¡Vamos a terminar refundidas en la cárcel! —chillaba histérica.
Coralina, por primera vez en su vida, sintió verdadero terror.
—Tranquila, no pierdas la cabeza. Agarramos todas tus joyas, las empeñamos ahorita mismo y sobornamos al forense. Tenemos que huir.
Buscó desesperadamente en su bolsa. El pánico le estaba cerrando la garganta, asfixiándola. Necesitaba urgentemente su medicina para poder pensar con claridad. Encontró el frasco de su calmante, lo destapó con manos que le temblaban sin control y, necesitando desesperadamente tranquilizar sus nervios rotos, se bebió casi todo el contenido de un solo y prolongado trago.
Justo cuando iban a salir por la puerta trasera, el timbre principal sonó de manera agresiva.
Patricia caminó hacia la ventana, descorrió la cortina y sintió que el alma abandonaba su cuerpo de forma violenta.
Ahí estaban. Cayo y Cael. Vivos, de pie, tomados de la mano del doctor Federico, escoltados firmemente por dos oficiales de policía y la doctora Cristina.
Marcos abrió la puerta de un tirón. Bajó los escalones a zancadas y cayó de rodillas, rompiendo en un llanto de alivio desgarrador mientras abrazaba a sus hijos contra su pecho.
—Pero… ¿cómo? ¿Cómo es posible? —lloraba, besándoles la frente sin poder creerlo.
—Tus esposita perfecta y su madre intentaron matarnos, papá —dijo Cayo con voz firme, señalando con el dedo acusador a las dos mujeres que miraban la escena petrificadas desde el umbral.
—¡Mentira! —chilló Patricia, intentando acercarse con una sonrisa macabra y temblorosa—. ¡Mis niños hermosos! ¡Están vivos, qué milagro de Dios! Ustedes están confundidos, mi amor. Seguro lo soñaron. Nosotras los amamos más que a nada.