Se suponía que la noche del baile de graduación era algo que simplemente iba a superar.
Sonríe cuando sea necesario. Guarda silencio. Vete a casa.
Ese era el plan.
Pero todo cambió en el momento en que bajé las escaleras.
Llevaba un vestido que yo misma había confeccionado, con la tela del antiguo uniforme militar de mi padre.
No porque fuera perfecto.