PARTE 2: Sofía empezó a llorar, pero no por mí. Lloraba por Madrid.
“¡Ya había subido todo a Instagram!”, gritó. “¡Todos saben que voy!”
“Entonces vas a tener que explicar por qué no fuiste”, le dije.
Mi mamá me miraba como si yo fuera la agresora.
“Tu papá está nervioso, Mariana. Tú sabes cómo se pone.”
Sí. Yo sabía.
Sabía cómo se ponía cuando alguien le decía que no. Sabía cómo mi mamá convertía su violencia en “carácter fuerte”. Sabía cómo Sofía provocaba el incendio y luego se escondía detrás de ellos.
Mientras el oficial hablaba con mi papá, yo abrí la aplicación del banco. Bloqueé la tarjeta adicional que ellos usaban “solo para emergencias”. Emergencias que incluían gasolina, uñas de Sofía, comidas en restaurantes y apuestas de mi papá con sus amigos.
Luego cancelé las habitaciones del hotel.
Cancelé el traslado.
Cancelé la cena que mi mamá había elegido porque Sofía quería fotos con vestido rojo al atardecer.
Cada cancelación me hacía temblar las manos, pero no por culpa. Por miedo a la libertad.
Antes de pasar seguridad, mi mamá me mandó un mensaje:
Si te subes a ese avión, no vuelvas a la casa.
Contesté:
Hace años que no tengo casa ahí.
Después bloqueé su número.
Bloqueé a Sofía.
Y, con la mano todavía temblando, bloqueé a mi papá.
En el salón premier del aeropuerto, me senté junto a una ventana. Me ardía la mejilla. Una señora me miró con preocupación, pero no dijo nada.
Cuando anunciaron el abordaje, caminé sola por el pasillo del avión.
Sola, pero no abandonada.
Hay una diferencia.
Dormí casi todo el vuelo. Al despertar, sobre el Atlántico, activé el wifi y encontré cuarenta mensajes de números desconocidos.
Tías.
Primos.
Vecinas.
Sofía ya había contado su versión.