Tomás Medina siempre creyó que una casa se cuidaba desde afuera hacia adentro. Primero el alquiler, luego la comida, después los recibos, las reparaciones y cualquier gasto urgente que apareciera antes de la quincena.
Durante años, esa fórmula le pareció suficiente. Salía temprano, volvía cubierto de polvo y entraba con la satisfacción cansada de quien ha hecho lo que le toca. La casa seguía de pie. Eso debía significar algo.
Su esposa, Verónica, trabajaba en una clínica dental y tenía una manera limpia de moverse por la vida. Dejaba todo ordenado, hablaba poco de problemas y nunca soportaba que alguien cuestionara lo que pasaba dentro de su hogar.

Lucía, la hija de ambos, tenía 15 años y había cambiado sin hacer ruido. Ya no cantaba en la cocina, ya no se burlaba de los programas malos con su padre, ya no dejaba la puerta abierta.