Cuando eran jóvenes, los dos habían compartido un amor intenso, limpio, de esos que parecen destinados a durar para siempre. Pero la vida los llevó por caminos distintos. Valeria decidió alejarse, mientras Alejandro se hundió por completo en el mundo de los negocios, persiguiendo el éxito hasta convertirlo en un imperio.
Él creyó que aquel amor había quedado enterrado bajo el paso del tiempo, los viajes, los contratos millonarios y los silencios que nunca se rompieron.
Pero ahora, ahí estaba ella…
A solo unos pasos de distancia.
Y lo que hizo que Alejandro se quedara completamente inmóvil no fue solamente volver a verla.
Fue ver a los tres niños trillizos sentados junto a ella.
Tenían seis o siete años. Ojos brillantes. La nariz recta. La sonrisa traviesa. La misma forma de mirar.
Y los tres…
se parecían a él de una manera inquietante.
No era una simple coincidencia.
Era como si Alejandro estuviera contemplando una versión de sí mismo en la infancia, repetida tres veces frente a sus ojos.
Se quedó helado.
Un hombre que había firmado contratos de millones de dólares sin que le temblara la mano, sintió de pronto el corazón desbocado dentro del pecho.
En su mente comenzaron a estallar una tras otra las preguntas:
¿Podía ser posible…?
¿Eran suyos?
¿Por qué Valeria nunca le dijo nada?
¿Por qué le ocultó algo tan grande durante tantos años?
La sobrecargo se acercó para ofrecerle una copa de vino, pero Alejandro apenas la escuchó.
Ya no tenía cabeza para nada más.
Se limitó a observar en silencio.
Cada gesto de los niños. Cada sonrisa. Cada pequeño movimiento.
Y mientras más los miraba, más crecía dentro de él una mezcla insoportable de asombro, dolor y arrepentimiento.
Del otro lado del pasillo, Valeria también pareció sentir aquella mirada.
Levantó lentamente los ojos.
Y cuando sus miradas se encontraron, el tiempo pareció detenerse.
El aire se volvió pesado.
El ruido del avión desapareció.
Y durante ese breve pero eterno segundo, todo el pasado que ambos habían intentado olvidar regresó con una fuerza devastadora.
Alejandro no pudo apartar la mirada.
Valeria bajó los ojos casi de inmediato, como si aquel cruce hubiera abierto una herida que llevaba años intentando mantener cerrada. Uno de los niños, el más inquieto de los tres, tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá, ¿quieres agua?
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