PARTE 2: Mariana no durmió bien después de ese encuentro

Esa noche, en su pequeño departamento de la colonia Del Valle, preparó quesadillas para los niños mientras intentaba fingir normalidad. Mateo hablaba sin parar del nuevo dinosaurio. Nicolás no dejaba de mirarla.

—Mamá —dijo finalmente—, ese señor se parecía a nosotros.

Mariana cerró los ojos por un segundo. —Sí.

—¿Son familia?

La pregunta le dolió más de lo esperado. No podría mentirles para siempre, pero tampoco podía darles de golpe una verdad que ni ella misma había terminado de sanar.

—Es alguien de mi pasado —respondió.

Nicolás bajó la mirada. —Se veía triste.

Mariana apretó el plato con tanta fuerza que casi se le resbala. Porque algunos hombres solo lloran cuando las consecuencias han crecido lo suficiente como para mirarlos a los ojos.

Mientras tanto, en la mansión Valdés en Las Lomas, Julián enfrentaba a su madre por primera vez en su vida.

—Dime la verdad —exigió.

Teresa estaba sentada en la sala principal, con una copa de vino intacta frente a ella. —La verdad es que esa chica no pertenecía a nuestra familia.

—Estaba embarazada de mis hijos.

—No lo sabíamos.

—Tú lo sabías.

Teresa guardó silencio.

Julián sacó su celular y llamó a su abogado de confianza. —Quiero todos los expedientes relacionados con Mariana Ríos. Pagos, acuerdos, correos electrónicos, autorizaciones. Todo.

—Julián —advirtió Teresa—, no abras puertas que no podrás cerrar más tarde.

Él la miró con una frialdad que nunca antes le había dedicado. —Tú las cerraste por mí hace 5 años.

Al día siguiente, Mariana recibió una carta escrita a mano. No venía con amenazas. No venía con abogados. Simplemente decía:

“Me equivoqué desde el primer día. No me voy a aparecer frente a los niños sin tu permiso. Pero necesito saber qué pasó. Si me odias, lo entiendo. Si no quieres responder, también. Solo quiero empezar diciendo algo que debí decir hace 5 años: lo siento”.

Mariana rompió la carta en 4 partes. Luego la sacó del bote de basura y la guardó en un cajón.

Tres días después, Julián apareció en el comedor comunitario donde Mariana trabajaba como abogada para mujeres abandonadas, madres sin pensión y familias bajo amenaza de desalojo. No llegó con escoltas. No llegó con cámaras. No llegó de traje. Llegó cargando cajas de leche, pañales y paquetes de arroz.

Mariana lo vio desde la entrada. —¿Qué haces aquí?

—Trabajo.

—Tú no trabajas así.

—Entonces estoy aprendiendo.

Ella quiso odiar esa respuesta. Habría sido más fácil si él hubiera llegado arrogante, exigiendo derechos, hablando de apellidos y de abogados. Pero Julián pasó 6 horas cargando cajas, acomodando sillas y escuchando a mujeres contarle historias que se parecían demasiado a la de Mariana. No pidió ver a los niños. No se disculpó en público. No intentó tocarla. Eso la desarmó más que cualquier discurso.

Al cerrar el comedor, Mariana lo encontró lavando vasos de plástico en una vieja tarja.

—Te ves ridículo —dijo ella.

—Lo sé.

—Te mereces algo peor.

—También lo sé.

Mariana se cruzó de brazos. —No creas que esto cambia algo.

—No vine a cambiarte a ti. Vine a dejar de esconderme.

Esa noche, Mariana lloró en silencio en el baño para que los niños no la escucharan.

Una semana después, le permitió a Julián verlos en un parque de Coyoacán. No lo presentó como su padre; solo como Julián.

Mateo lo llamó “el señor triste del centro comercial”. Nicolás lo miró fijamente y dijo: —Tus ojos son como los míos.