—Felicidades —respondió Lucía, con el tono más gélido y plano que pudo articular.
Mateo soltó una carcajada burlona que resonó en el auricular.
—Siempre tan seca y aburrida. Por eso lo nuestro terminó en el fondo de un pozo. Te llamo para invitarte a la recepción del banquete. Valeria dice que sería un acto de madurez cerrar ciclos entre nosotros. Además, no queremos arrastrar rencores de fracasados en nuestra nueva y perfecta vida.
Valeria. La simple asistente ejecutiva. La misma mujer hipócrita que le sonreía a Lucía en los pasillos de la empresa diciéndole “qué elegante se ve hoy, señora Salvatierra”, mientras se revolcaba con Mateo en 4 viajes de negocios distintos a Monterrey, Guadalajara y Cancún.
La misma empleada desleal que le servía café descafeinado a Lucía en las juntas y luego revisaba sus correos personales a escondidas para entregarle toda la información privada a su jefe.
—Acabo de dar a luz —pronunció Lucía, despacio, marcando cada sílaba con una claridad aterradora—. No voy a ir a ningún lado.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y sepulcral. La música de fondo en Polanco seguía sonando alegremente, pero la respiración de Mateo se cortó de tajo, como si alguien le hubiera pisado la garganta.
—¿Qué demonios acabas de decir?
—Que acabo de tener a mi hija. Hace apenas 2 horas.
—¿De quién es ese bebé? —la voz de Mateo ya no sonaba triunfante ni arrogante; sonaba genuinamente asustada.
Lucía acomodó delicadamente la manta rosa alrededor del cuerpo de la niña. La Lucía frágil, la esposa sumisa que lloraba en los tribunales, había quedado sepultada bajo los escombros de su divorcio.
—Regresa a tu glamurosa boda, Mateo. Tu radiante novia te espera en el altar.
—Lucía —exigió él, con un hilo de voz ronco y desesperado—. Dime en este maldito instante que esa niña no es mía.
Lucía miró a través del cristal empapado. La inmensa metrópoli brillaba bajo la tormenta, gris, caótica y hermosa.
—Firmaste todos los documentos de separación sin leer las cláusulas médicas y patrimoniales, Mateo. Siempre fuiste un completo inútil para revisar los detalles importantes.
Colgó la llamada y bloqueó la pantalla. Exactamente 30 minutos después, la pesada puerta de la habitación del hospital fue abierta con una violencia que hizo temblar las paredes.
Mateo irrumpió en el cuarto. Llevaba puesto un esmoquin negro carísimo, pero su rostro estaba pálido como el papel, empapado en sudor frío, y el moño de seda le colgaba deshecho del cuello. Detrás de él, apareció Valeria. Llevaba un ostentoso vestido de novia de diseñador, un velo largo que arrastraba por el suelo esterilizado y un collar con 15 diamantes temblando sobre su pecho debido a su respiración agitada.
Mateo clavó la mirada, horrorizado, en la bebé que descansaba en los brazos de su exesposa. Luego, levantó los ojos inyectados en sangre hacia Lucía.
—Tú planeaste todo esto para destruirme el día de hoy —susurró él, paralizado por el terror.
—No, Mateo —respondió Lucía, sin alterar ni 1 músculo de su rostro—. Todo este infierno te lo construiste tú solo.
Por primera vez en los 5 años que llevaban de conocerse, Lucía vio verdadero pánico brillando en la mirada del intocable heredero de Grupo Salvatierra. Nadie en esa habitación podía imaginar la magnitud de la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre ellos…
PARTE 2
Valeria fue la primera en recuperar el habla, impulsada por la furia. Avanzó hacia el centro de la habitación pisando fuerte, levantando apenas la falda de tul de su vestido blanco para que no tocara el linóleo del hospital. Su costoso perfume francés invadió el aire, asfixiando el olor a clínica médica, pero su característica sonrisa de superioridad temblaba visiblemente bajo las 3 pesadas capas de maquillaje perfecto.
—Esto es una bajeza imperdonable —escupió Valeria, señalando a la cama con un dedo acusador—. ¿Inventar un bebé de la nada para arruinar el día de mi boda? ¿Tan desesperada, sola y miserable estás, Lucía?
La enfermera de guardia, que en ese momento ajustaba el goteo del suero intravenoso, se quedó paralizada a 2 metros de distancia, sin saber si salir corriendo o llamar al personal de seguridad. Lucía ni siquiera parpadeó ante los insultos. Se limitó a observar detenidamente el velo de encaje de Valeria, las uñas acrílicas recién hechas y el rostro desencajado de una mujer trepadora que finalmente empezaba a comprender que su gran premio no era legítimo.
—Felicidades por tu prestigioso enlace, Valeria —dijo Lucía con una calma que resultaba perturbadora—. Al fin lograste quedarte oficialmente con el hombre que te robaste a escondidas en los hoteles baratos.
Los ojos de la novia se encendieron con rabia incontenible.
—Nadie se roba lo que ya no sirve. Mateo te dejó tirada porque eres un témpano de hielo aburrido.
—Tienes toda la razón —replicó Lucía, esbozando una levísima sonrisa—. Yo simplemente me encargué de devolver mercancía defectuosa, mentirosa y dañada.
Mateo, al borde de un colapso nervioso, cerró la puerta de la habitación de un tremendo manotazo.
—¡Ya basta de estupideces ustedes 2! —gritó él, perdiendo totalmente la compostura—. Lucía, mírame a los ojos y respóndeme con la verdad. ¿Esa niña lleva mi sangre o no?
La pequeña bebé soltó un ligero quejido al escuchar el grito violento. Mateo dio 1 torpe paso hacia atrás, encogiéndose como si la recién nacida fuera una bomba de tiempo judicial a punto de estallar. Con su mano libre, Lucía alcanzó el cajón superior del buró y sacó una gruesa carpeta azul. La arrojó con desprecio sobre los pies de Mateo.
—Prueba de paternidad prenatal no invasiva —declaró Lucía, con tono clínico—. Cadena de custodia legal absolutamente inquebrantable. Laboratorio genético certificado por 3 autoridades federales distintas. Hay 99 por ciento de compatibilidad. Tu nombre completo, Mateo Salvatierra, está impreso en la página 2 del reporte oficial.
Mateo no quiso agacharse a recoger el documento. Le temblaban incontrolablemente los dedos. Tenía mucho más pánico de confirmar la verdad que de vivir atrapado en la duda. Valeria, sin embargo, se inclinó rápidamente, arrebató la carpeta del suelo y leyó el papel con los ojos muy abiertos. Su rostro perdió todo rastro de color en cuestión de 5 segundos.
—No puede ser verdad esto —murmuró la novia, soltando las hojas como si quemaran.
Mateo fijó la vista en la fecha estimada de concepción. Contó los meses hacia atrás. 9 meses exactos. Su mente viajó dolorosamente a la última semana de su fallido matrimonio. La noche en que llegó completamente borracho a la mansión de Las Lomas, llorando como un niño cobarde por la presión insoportable de su padre, por las quejas financieras de 5 grandes inversionistas y por el pánico absoluto a perder su ansiado puesto en el grupo familiar. Aquella madrugada, se metió a escondidas a la cama de Lucía rogando perdón, jurando que estaba confundido y que la amaba. A las 6 de la mañana, se marchó sigilosamente sin despedirse para volver a meterse en el departamento de Valeria.
—Tú lo sabías desde el principio —acusó Mateo, sintiendo que le faltaba el oxígeno en los pulmones.
—Me enteré exactamente 2 semanas después de que firmamos los papeles del divorcio.